jueves, 19 de enero de 2012

Mirar para no ver

Era algo tarde, lo justo para que los comercios hubieran cerrado. Bajaba por una calle cercana a mi casa, y los vi. Eran una pareja, hombre y mujer, no muy mayores. En otra ocasión, en otra calle, en otra situación, nadie habría reparado en ellos: aspecto normal, personas de piel algo oscura vestidas con ropas normales. Pero cuando los vi estaban sacando comida del cubo de basura de un supermercado. Esa comida que los supermercados tiran porque va a caducar en breve, y no la vamos a querer comprar. A unos quince o veinte metros de distancia nos miramos; ellos siguieron con su trabajo, yo seguí con mi camino, que a cada paso me acercaba a ellos. Cuando llegué a su altura, lo estrecho de la acera hizo que pasara casi rozándoles. Ellos, dedicados a su tarea de obtener comida, fingieron no verme. Yo, al pasar a su lado, miré hacia adelante, como si no hubiera nadie junto a mí. En el momento de cruzarnos, ellos con la mirada hacia abajo, yo mirando al frente, no sé qué sentí con más fuerza, si mi vergüenza o la suya. ¿O quizá la contraposición de mi vergüenza y su dignidad?

Madrid, 19-1-2012

domingo, 5 de junio de 2011

Colijo yo, propende él

Llevaba un tiempo buscando este artículo, y hoy lo he encontrado. Habla sobre la escritura, la necesidad de escribir. Lo adjunto, por si le interesa a alguien.http://www.elpais.com/articulo/semana/Colijo/propende/elpepuculbab/20020720elpbabese_8/Tes

jueves, 26 de mayo de 2011

El secreto de matar

“El secreto de matar, Nakata, reside en no vacilar. Tener una gran idea preconcebida en la cabeza y ejecutarla de la forma más expedita posible”.


Cerré el libro y me quedé pensando porqué lo había comprado. No me estoy enterando de nada, me he gastado 24 pavos que no tengo, no me gusta la literatura japonesa... Si, claro, me lo he comprado por presumir delante de Minako, la nueva delegada comercial que ha traído la empresa. Es guapa, delicada, joven, joven, muy joven... y debe de ser listísima, para ocupar el cargo que ocupa, en una sociedad tan machista como la japo. Y mañana tengo comida de trabajo con ella, Dios mío... Por eso, esta tarde, al salir de trabajar me fui corriendo a la Casa del Libro y le dije a uno de esos chavalillos “por favor, recomiéndame algo de literatura japonesa”.  El chavalillo, que al parecer también es más listo que los ratones coloraos, empezó a decirme nombres para que yo eligiera, y le tuve que parar “da igual, uno que esté bien...” Me miró con cara rara y me dio un tocho gordo como una Biblia. “¿Esto? ¿Pero qué es esto?” “Esto... (y en ese momento me lanzó una fría mirada) es una de las mejores novelas de uno de los mejores escritores actuales de Japón...” Me dejó planchado, cogí el libro, lo pagué y me vine a casa. Las gilipolleces que hace uno por presumir delante de una jefa. “El secreto de matar...” si fuera verdad, si las ideas se llevaran a cabo así de fácil, la vecina de mi planta ya habría picado billete...porque no se me quita de la cabeza... Igual me pasa con la jefa, aunque no tengo con ella esas pretensiones. Me conformaría con no quedar como el culo, tengo 45 años y no tengo ninguna gana de buscarme otro curro por una metedura de pata. Y seguro que la comida es un examen, somos muchos comerciales y cada vez hay menos mercado para nuestros productos. Mejor será dejar el libro en casa y coserme la boca durante toda la comida, así controlaré mi tendencia a abrirla demasiado y decir lo que no debo. El caso es que el tipo este del libro me ha recordado, no sé porqué, al personaje de Woody Allen que era peluquero y pensó vengarse de Hitler dejándole caer los pelillos por dentro de la camisa pero “le traicionaron los nervios”. Voy a seguir leyendo, a ver si saco algo en claro...


"Kafka en la orilla" es una novela japonesa de Haruki Murakami publicada en 2002. A finales de 2005, los críticos del suplemento literario del New York Times proclamaron "Kafka en la orilla" la mejor novela del año.


Madrid, noviembre de 2010

miércoles, 27 de abril de 2011

La sala de espera

Esta mañana te vi en la sala de espera del especialista. Cuando llegué, la sala estaba casi llena. El médico no había empezado a pasar consulta, pero se ve que todos teníamos prisa, por ser atendidos, por irnos cuanto antes, por dejar atrás este trago, por volver a la seguridad de lo cotidiano de cada uno...

Tú estabas sentada, con tu bastón (presumida hasta en eso, con tu precioso bastón de empuñadura de plata; con el trabajo y disgustos que nos costó que lo aceptaras), ocupando poco sitio en la silla, sentada en el borde -no por falta de seguridad-, bien tiesa, firme y fuerte, con tus papeles en la mano. Como intentando hacerte grande, sabedora de que eres de talla menuda. Habías llegado con tu acompañante, esa chica morena que va contigo a todas partes, pero tú querías demostrar que te vales sola, que no necesitas a nadie para controlar tus cosas, tus papeles, tu vida... No necesitas a nadie para decirle al médico dónde te duele.

Si, ya lo sé, no eras tú, pero bien podrías serlo.

Al verte allí, esperando, recordé las veces que eras tú la que nos llevaba al médico, con nuestras fiebres que no te habían dejado dormir la noche anterior, esos fiebrones infantiles que tanto asustan a los adultos; o con nuestros mocos que no parabas de limpiar, hasta dejarnos las narices totalmente coloradas. Esperando impaciente, rezando por lo bajito, deseando que no tuviéramos nada grave.

Claro, la que vi era otra persona, pero perfectamente podrías haber sido tú.

Viéndote esperar, con ese punto de inquietud, imaginé qué podrías estar pensando. Con tu edad (si, 84 años, no los escondas, ya me gustaría a mí...) posiblemente te estarás moviendo entre dos ideas, la de "a ver si acabo pronto, que tengo que visitar a mi vecina, que está pachucha la pobre, tan mayor ya, con casi 90 años, y sus hijos, que nunca aparecen..." y la otra idea, la que no quieres dejar entrar, la de "seguro que me dicen que estoy bien, pero y si...". Yendo de una idea a otra van pasando, muy lentos, los minutos.

Al fin, te llaman, te levantas y pasas a la sala de consulta, y te pierdo de vista, aunque me gustaría seguir contemplándote, así, sin que sepas que te estoy mirando.

Cierto, no hace falta que me lo repitas, era otra persona, pero podría haberse tratado de ti. Fíjate, hace tanto tiempo que no estás con nosotros, pero ya ves, no me acostumbro.

8/4/11

martes, 26 de abril de 2011



El vigilante mira, estupefacto, el sitio por donde huyeron los presos. Llama la atención el entorno y el aspecto del carcelero, que quizá se estará preguntando cómo ha sido posible que esto suceda. El guardia viste uniforme nuevo (gran contraste entre el uniforme y todo lo demás, lo único nuevo que se ve en la imagen), zapatos de domingo sin calcetines (¡qué rozaduras...!). En la habitación, amontonados, hay multitud de zapatos viejos (en las huidas, siempre hay alguien que pierde sus zapatos, o los deja atrás), diferentes objetos irreconocibles y ¡un ventilador! Pero él permanece ensimismado, mirando hacia abajo, al vacío. ¿Qué estará pensando?
(26/4/11)