miércoles, 16 de febrero de 2011
Siempre yo, no puede ser...
Todo tiene su límite, también los ejercicios de ombliguismo, que hoy dejo al margen. He encontrado una increíble, ingente biblioteca virtual, promovida por Luis López Nieves, multipremiado escritor puertorriqueño (¿Cómo? ¿Que no sabes quién es? Vaya, ya somos al menos dos...). Te invito a visitar esa biblioteca, a recorrer sus pasillos, a elegir un texto (al azar, porque te suena...) y luego otro, y otro... Cuidado, no te pierdas (aunque hay sitios peores para perderse). Puedes entrar por la escalera principal (http://www.ciudadseva.com/), pero te ofrezco un pasadizo hacia una sala de textos escogidos (por el escritor) http://www.ciudadseva.com/calle/favorito.htm. Incluso la historia sobre el origen de esta biblioteca es, en sí misma, curiosa. Ánimo...
domingo, 9 de enero de 2011
Navidad, Navidades
¿Cómo era la Navidad? ¿Cómo era mi Navidad, hace 40 años?
La Navidad era frío, risas y espera. No recuerdo en qué momento, en qué fecha empezábamos a poner el Nacimiento, pero me acuerdo de ir todos los años a la mercería Coliseum (estaba al lado del cine del mismo nombre, en la C/ San Francisco) a comprar alguna figurita para ir ampliando o reponiendo las que se habían roto. Había que esperar un rato largo en la pequeña tienda, y después mirar mucho y pensar muy bien lo que se iba a elegir, pues el dinero era muy escaso. La compra suponía negociación interna (entre hermanos y acompañantes) y externa, con el dependiente, para ver si podíamos sacar algo más barato, y así disponer de algo de dinero para los objetos de broma que se vendían en el mismo sitio: cerillas que explotaban, aceitunas de cera, bombas fétidas, cacas de plástico hiperrealistas, que parecían más reales que las verdaderas. Preparábamos a la vez lo religioso y lo profano, Navidad e Inocentes todo en uno.
Poner el tablero con las patas, arrastrar el saco lleno de trozos de corcho (¡natural, de verdad!) que conformaría las montañas, ordenar las figuras una a una, despatarrar a los corderos para que se sostuvieran de pie, pegar el fondo de papel (que siempre se resistía a adoptar la posición plana, después de un año de estar enrollado)… Montar las luces, sin olvidar la principal, que iluminaba el portal por dentro, y las del castillo. Siempre había alguna fundida, pero para eso servía, desde pequeños, saber hacer empalmes. Y avanzar cada día un poco a los tres Reyes, con sus camellos y pajes, para que el día 5 llegaran al portal. Y por supuesto, no poner al Niño hasta el día 24 por la noche, o el 25 en la mañana. ¿Qué pensarían las figuras de S. José y la Virgen, varios días mirando una cuna de pajas, vacía?
Navidad era despertar oyendo, desde la cama, a los niños con el tostón de la lotería, que nada nos importaba a nosotros. Era escribir la carta, pedir la luna, mentir diciendo lo buenos que habíamos sido, echarla al buzón de correos. Era la cabalgata y la espera, poner el zapato, levantarse al día siguiente a coger lo que los Reyes hubieran dejado: el fuerte de madera, con los “americanos e indios”, el coche que se dirigía con un mando, unido por un cable, la caravana del oeste que se movía sola y hacía el ruido de los caballos, la cartera ¡de cuero de verdad! y con dos correas para llevar a la espalda, para ir al colegio… También era ver –con mucha aprensión y miedo-al pavo, vivo, en la pequeña despensa de la casa. Mirarle a los ojos, sentirse mirado por él.
Y frío, mucha sensación de frío, con pantalón corto o largo. No sé que sería peor, si el frío o la ropa para evitarlo, pues el pantalón largo era de una tela que picaba como demonio, y los verdugos de lana eran absolutamente agobiantes e insoportables.
La parte más seria tampoco debió de estar mal: la misa (¡que no recuerdo en absoluto!), la visita a los Belenes que se ponían en los edificios públicos, en las iglesias, en los escaparates de las tiendas.
Pero la Navidad era, sobre todo, luz y risa. Son dos sensaciones, más que imágenes, que no se borran: mucha luz, mucha diversión, mucha familia alrededor, un ir y venir continuo a casa de los primos que vivían junto a nosotros.
No pretendo nada parecido a una comparación con la actualidad. Es diferente, ni mejor ni peor. Ahora tenemos la que tenemos. Entre medias hemos tenido otras: cuando nos fuimos independizando, cuando nacieron nuestros hijos, cuando quedó alguna silla vacía en la mesa... Ésta es la que hay ahora, y así debemos disfrutarla, como disfrutábamos de la otra, de las otras.
Madrid, enero de 2011
Poner el tablero con las patas, arrastrar el saco lleno de trozos de corcho (¡natural, de verdad!) que conformaría las montañas, ordenar las figuras una a una, despatarrar a los corderos para que se sostuvieran de pie, pegar el fondo de papel (que siempre se resistía a adoptar la posición plana, después de un año de estar enrollado)… Montar las luces, sin olvidar la principal, que iluminaba el portal por dentro, y las del castillo. Siempre había alguna fundida, pero para eso servía, desde pequeños, saber hacer empalmes. Y avanzar cada día un poco a los tres Reyes, con sus camellos y pajes, para que el día 5 llegaran al portal. Y por supuesto, no poner al Niño hasta el día 24 por la noche, o el 25 en la mañana. ¿Qué pensarían las figuras de S. José y la Virgen, varios días mirando una cuna de pajas, vacía?
Navidad era despertar oyendo, desde la cama, a los niños con el tostón de la lotería, que nada nos importaba a nosotros. Era escribir la carta, pedir la luna, mentir diciendo lo buenos que habíamos sido, echarla al buzón de correos. Era la cabalgata y la espera, poner el zapato, levantarse al día siguiente a coger lo que los Reyes hubieran dejado: el fuerte de madera, con los “americanos e indios”, el coche que se dirigía con un mando, unido por un cable, la caravana del oeste que se movía sola y hacía el ruido de los caballos, la cartera ¡de cuero de verdad! y con dos correas para llevar a la espalda, para ir al colegio… También era ver –con mucha aprensión y miedo-al pavo, vivo, en la pequeña despensa de la casa. Mirarle a los ojos, sentirse mirado por él.
Y frío, mucha sensación de frío, con pantalón corto o largo. No sé que sería peor, si el frío o la ropa para evitarlo, pues el pantalón largo era de una tela que picaba como demonio, y los verdugos de lana eran absolutamente agobiantes e insoportables.
La parte más seria tampoco debió de estar mal: la misa (¡que no recuerdo en absoluto!), la visita a los Belenes que se ponían en los edificios públicos, en las iglesias, en los escaparates de las tiendas.
Pero la Navidad era, sobre todo, luz y risa. Son dos sensaciones, más que imágenes, que no se borran: mucha luz, mucha diversión, mucha familia alrededor, un ir y venir continuo a casa de los primos que vivían junto a nosotros.
No pretendo nada parecido a una comparación con la actualidad. Es diferente, ni mejor ni peor. Ahora tenemos la que tenemos. Entre medias hemos tenido otras: cuando nos fuimos independizando, cuando nacieron nuestros hijos, cuando quedó alguna silla vacía en la mesa... Ésta es la que hay ahora, y así debemos disfrutarla, como disfrutábamos de la otra, de las otras.
Madrid, enero de 2011
Los árboles
¿De qué huyen los árboles? ¿Por qué se inclinan, separándose de los edificios? ¿Por qué sacan sus raices a la superficie? Quizá están huyendo de nosotros, quizá, hartos del acoso al que se sienten sometidos, temerosos de sufrir una muerte lenta, dolorosa, asfixiante, los árboles de Madrid han decidido desenraizarse para buscar un entorno mejor, aún sabiendo que eso también puede costarles la vida. Quizá algún día les veamos romper las aceras y empezar a caminar, para agruparse en el Retiro, o buscar las salidas de Madrid.
Diciembre de 2010
sábado, 13 de noviembre de 2010
Sin título
Toco, sin apretarlo, el botón rojo de esa cámara que mi padre me regaló un día perdido, en un tiempo que siempre parece presente. No sé por qué la llevo casi siempre conmigo. Posiblemente se ha convertido en un talismán, en mi amuleto. El tiempo ha dejado sus huellas en la cámara, que ha perdido parte de su baño plateado en el objetivo. También el payaso ha perdido color, y el mecanismo de salto suele fallar. Pero para mí lo importante es tenerla, tenerla cerca, tocarla dentro de mi bolso. A veces, buscando otras cosas en el bolso (las llaves, el mechero...) de repente me encuentro con la cámara, y es como si al volver una esquina te encuentras con un amigo al que no veías hace tiempo. Grata sorpresa, que me aporta una chispa de alegría. Cuando estoy poco animosa la busco, la miro y hablo con ella, y es como si estuviera hablando con mi padre, el día que me la compró en la feria. “¿Qué quieres, Rosa? Sabes que solo puedes pedir una cosa...”. Qué difícil era elegir, en ese mar de objetos brillantes, un regalo, solo uno, cuando te habrías llevado el puesto entero. Encima, el señor del puesto no hacía más que ponerte delante un objeto tras otro, con lo que te creaba más confusión. Pero ese día para mí no había otra cosa en el puesto. El día de antes nos habíamos encontrado con Martín y sus padres. Martín acababa de comprarse una cámara de color verde, y presumía ante mí de su flamante adquisición. Me miraba con cierta tiranía, con un claro aire de superioridad, por su juguete y porque se había enterado de que él me gustaba, por culpa de Pili, la chivata del piso de arriba. Así que cuando le vi con la cámara, se me metió en la cabeza que yo tenía que tener otra. “Quiero la cámara de fotos, papá, la de color azul”. “¿No querías ayer la muñeca con los vestidos? Te pasaste toda la tarde pidiéndomela”. El señor del puesto, al oírlo, intentaba que yo cogiera la muñeca, que debía de ser más cara, pero mi decisión estaba tomada. “No, papá, la cámara”. Me tuve que poner de puntillas para cogerla yo misma, no quería que pasara un segundo más sin que estuviera en mi poder. “Gracias papá, qué contenta estoy, acércate, que quiero darte un beso”. “¡Qué zalamera eres, Rosa! Igual, igual que tu madre, pero no me importa, con tal de coger ese beso que me das”. En ese momento, con la cámara en mis manos, para mí dejó de existir el suelo de arena, que te llenaba de polvo los zapatos, los focos de los puestos, el olor a churros, o el ruido de los aparatos de la feria... Solo el brillo de mi cámara, y el ruido que hacía la cara del payaso al salir, tenían algún valor para mí.
Han pasado ya muchos años desde ese momento, pero la cámara, al igual que los recuerdos, sigue conmigo. A veces me gustaría borrar algunos de esos recuerdos, como cuando rompes una foto que te encuentras abandonada en un cajón, para hacer desaparecer lo que recogió ese momento, aunque sé, todos sabemos, que eso no es así, que los recuerdos son como un corcho en el agua, siempre salen a flote por más que los empujes hacia abajo.
Madrid, noviembre, 2010
Han pasado ya muchos años desde ese momento, pero la cámara, al igual que los recuerdos, sigue conmigo. A veces me gustaría borrar algunos de esos recuerdos, como cuando rompes una foto que te encuentras abandonada en un cajón, para hacer desaparecer lo que recogió ese momento, aunque sé, todos sabemos, que eso no es así, que los recuerdos son como un corcho en el agua, siempre salen a flote por más que los empujes hacia abajo.
Madrid, noviembre, 2010
miércoles, 20 de octubre de 2010
Carta a El País
Como cosa mía (ja ja), envié una carta a El País, y han tenido a bien publicarla
http://www.elpais.com/articulo/opinion/series/discapacitados/elpepuopi/20101019elpepiopi_10/Tes
Dado que no siempre sucede esto (escribirles si, que te lo publiquen es otra cosa...) me atrevo a difundirla en este blog (que para eso es mío, hombre...)
¡Hasta otra!
http://www.elpais.com/articulo/opinion/series/discapacitados/elpepuopi/20101019elpepiopi_10/Tes
Dado que no siempre sucede esto (escribirles si, que te lo publiquen es otra cosa...) me atrevo a difundirla en este blog (que para eso es mío, hombre...)
¡Hasta otra!
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