Escribo cada noche. Relatos, poesías... Horas y horas escribiendo, algunas veces casi hasta que amanece y me vuelvo a dormir. Los escribo a oscuras, en la cama, en mi cabeza. Pero a la mañana siguiente, cuando quiero depositarlos en el papel, se me secan, pierden su vida, su gracia, su emoción. Pierdo el principio, no encuentro el fin, las partes no encajan... Es lo mismo que me ocurre con algunas plantas; voy por el campo, por algún paraje especialmente bonito y las encuentro, las veo preciosas, pero cuando me las llevo a otra tierra, a otra maceta, se mueren, como negándose a vivir fuera del sitio natural en el que estaban, donde las encontré. Debe de ser eso lo que me sucede algunas veces con los cuentos nocturnos, no quieren vivir a la luz del día; tendré que conformarme con disfrutarlos una sola vez, la noche en la que, en mi cabeza, en la suave oscuridad, los escribo.
Madrid, Agosto, 2010.
martes, 7 de septiembre de 2010
jueves, 2 de septiembre de 2010
Mascotas
Cuando empecé a trabajar en este blog, no me daba cuenta de que crear un blog tiene muchos paralelismos que tener una mascota. Quizá una mascota virtual, como los tamagotchis que se pusieron de moda hace unos años. A estas mascotas había que cuidarlas, alimentarlas, limpiarlas, jugar con ellas... y si no ¡se morían! Virtualmente, claro. Al acabarse este verano, en el que he dedicado a la escritura mucho menos tiempo del que me habría gustado, metí en la maleta, entre otras sensaciones, la de que había tenido a mi mascota bastante abandonada. No es que mi mascota sea maravillosa, no tiene pedigree, es más cercana a un perro mestizo, pero ¡es la mía! Me gusta así, con todos sus defectos. Intentando no caer en las solemnes promesas septembrinas, procuraré mantener a mi mascota más en forma. Y si no, que Santa Tecla, una de las patronas de Internet, me lo demande...
Madrid, septiembre de 2010
Madrid, septiembre de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
Encuentro en la playa
Recuerdo vagamente mis primeros años, en los que predominaban tres colores: verde, marrón y azul. El verde nos envolvía, el marrón nos sujetaba, el azul (desde el más intenso hasta el que se fundía con el negro) nos cubría por encima. Pensábamos que todo el mundo debería ser así, no podíamos imaginar nada distinto a lo que teníamos. No sabía lo que era un ser humano (ojalá nunca lo hubiera sabido). Conocía al jaguar, al que veía acechar a sus presas a mi alrededor; también al quetzal, y al colibrí, que con sus colores rompían la monotonía de los nuestros. Sentí en muchas ocasiones el abrazo de la serpiente, que me recorría buscando su comida. Siempre silenciosa, siempre fría y suave. El tiempo no parecía existir, más allá del recorrido que el sol hacía sobre nuestras cabezas, o de la lluvia que nos refrescaba y luego se marchaba, empujada por los diferentes vientos.
Pero esa felicidad inmóvil no podía ser eterna.
Fue entonces cuando llegaron los humanos. Eran los seres más ruidosos y raros que habíamos visto hasta entonces, y también los más inútiles por sí mismos. Para cualquier cosa necesitaban valerse de instrumentos y herramientas, no podían hacer nada con solo sus manos. Y nos demostraron todo lo que podían hacer. Llegaron matando a todo animal que se les cruzaba, solo por el placer de hacerlo. Después, nos cortaron con sus hachas, nos tumbaron en el suelo, arruinando los nidos que albergábamos. Arrancaron nuestras ramas y nos arrastraron, produciéndonos los más intensos dolores que habríamos podido imaginar, desconociendo todavía que lo que nos esperaba era aún peor.
Ya fuera de mi mundo vegetal, me trabajaron hasta convertirme en una pieza alargada, cuadrada, y me trasladaron hasta la ciudad, cargado en un carro junto a muchos otros hermanos, de mi especie y de otras, a los que habían hecho lo mismo que a mí. No puede ver nada, pues entramos de noche y fuimos depositados en un oscuro almacén, desde el que solo oíamos las voces de los hombres y el ruido de los carros. También el restallar del látigo, del que después supe que caía lo mismo sobre personas que sobre animales.
Un tiempo después fui sacado de allí, y pasé a formar parte de una casa de esa ciudad, de la que no conocía el nombre. Mi cuerpo sustentaba uno de los accesos, por donde pasaban las mercancías que servían de alimento a los dueños. Estaba en contacto con la calle, pero de poco me servía, todavía no sabía que algunos de los ruidos que emitían estos humanos eran un lenguaje, con el que se comunicaban como hacían los animales de la selva en la que había vivido.
Allí pasé bastante tiempo, no podría decir cuánto. El tiempo, para mí, no tiene ya valor ni utilidad, si es que alguna vez la tuvo. Aprendí a entender el lenguaje de los hombres, y empecé a enterarme de lo que es la vida de una ciudad, aunque sea vista desde donde yo estaba. Desde mi posición, me fui dando cuenta de que no todos los que pasaban junto a mí eran iguales, ni hablaban la misma lengua. Los mejor vestidos, los más blancos de piel, hablaban una lengua dura, como los propios latigazos que daban a los otros, mientras que los de piel oscura, con ropas más viejas y rotas, hablaban lenguas que no llegué a comprender, pero que me resultaban mucho más suaves, más cercanas, que me recordaban los sonidos de mi lugar de origen.
Un temblor de tierra provocó una gran grieta en la pared de la que yo formaba parte. Los dueños de la casa la derribaron, y al rehacerla mi lugar fue ocupado por una ostentosa puerta de hierro. Yo quedé arrinconado, y varias veces estuve a punto de acabar en el fuego. Solo mi gran tamaño de entonces me salvó, mi destino no era ése todavía.
Un día, el hijo más joven de los dueños recorría el patio de la casa y se me quedó mirando. Se fue y volvió al poco rato con un par de criados, que me levantaron y me limpiaron. Debí de gustarle, y me dejó apartado. Dos días después, llegó un carpintero, al que el dueño dio las instrucciones necesarias, por las que yo pasé a formar parte de la chimenea del salón central de la casa. ¡Qué cambio de vida! Pasé a participar, desde mi nueva ubicación, en todos los momentos importantes de la familia y de sus amigos, que eran muy numerosos por lo que pude ver. Me gustaba sobre todo la compañía de la niña pequeña de la casa, que pasaba muchos ratos del invierno junto a mí. Fiestas, bailes, cenas... Todo lo importante sucedía en el salón. Muy especial fue la fiesta en la que los dueños celebraron lo que ellos llamaban el cambio de siglo. “¡Feliz mil ochocientos!”, repetían continuamente, mientras brindaban y se besaban unos a otros.
Pero no todo fue fiesta en el salón. También se empezó a hablar mucho de cambio; palabras como “revolución”, “independencia”, “lucha”, “campesinos”, “justicia” sonaron cada vez con más fuerza, y la familia se enzarzaba en fuertes discusiones, padres contra hijos, hermanos contra hermanos. No quiero extenderme en mi historia. Las disputas en la casa solo reflejaban lo que pasaba en la calle, y que acabó de forma violenta. La casa fue asaltada, expoliada, arrasada. Yo volví a ser arrancado, y acabé formando parte de un barco. Tras un tiempo de navegación, el barco no pudo resistir una gran tormenta, que lo desarboló y acabó con él. Desmembrado, los distintos elementos del mismo fuimos dispersados por las corrientes, permaneciendo en la superficie del mar durante un tiempo que sigo sin saber contar.
Y ahora estoy en tus manos, arrojado a la orilla de esta playa, nuevamente en un lugar que desconozco. Viéndome, es imposible saber lo que fui, lo que vi, donde estuve, pues no soy ni sombra de lo que llegué a ser en la selva, con mis hermanos; ni siquiera lo que fui durante los años que estuve en manos de los hombres. Solo lo que sufrí puede apreciarse, viendo mis heridas, los rastros que me dejaron las diferentes herramientas, los efectos que en mi cuerpo ha ido dejando mi larga deriva en el mar. Quizá acabe mis días en una hoguera de playa, siendo luz y calor, lo cual no estará tan mal, pues será como volver a mi origen, a la luz y calor que me rodearon.
Madrid, julio de 2010
Pero esa felicidad inmóvil no podía ser eterna.
Fue entonces cuando llegaron los humanos. Eran los seres más ruidosos y raros que habíamos visto hasta entonces, y también los más inútiles por sí mismos. Para cualquier cosa necesitaban valerse de instrumentos y herramientas, no podían hacer nada con solo sus manos. Y nos demostraron todo lo que podían hacer. Llegaron matando a todo animal que se les cruzaba, solo por el placer de hacerlo. Después, nos cortaron con sus hachas, nos tumbaron en el suelo, arruinando los nidos que albergábamos. Arrancaron nuestras ramas y nos arrastraron, produciéndonos los más intensos dolores que habríamos podido imaginar, desconociendo todavía que lo que nos esperaba era aún peor.
Ya fuera de mi mundo vegetal, me trabajaron hasta convertirme en una pieza alargada, cuadrada, y me trasladaron hasta la ciudad, cargado en un carro junto a muchos otros hermanos, de mi especie y de otras, a los que habían hecho lo mismo que a mí. No puede ver nada, pues entramos de noche y fuimos depositados en un oscuro almacén, desde el que solo oíamos las voces de los hombres y el ruido de los carros. También el restallar del látigo, del que después supe que caía lo mismo sobre personas que sobre animales.
Un tiempo después fui sacado de allí, y pasé a formar parte de una casa de esa ciudad, de la que no conocía el nombre. Mi cuerpo sustentaba uno de los accesos, por donde pasaban las mercancías que servían de alimento a los dueños. Estaba en contacto con la calle, pero de poco me servía, todavía no sabía que algunos de los ruidos que emitían estos humanos eran un lenguaje, con el que se comunicaban como hacían los animales de la selva en la que había vivido.
Allí pasé bastante tiempo, no podría decir cuánto. El tiempo, para mí, no tiene ya valor ni utilidad, si es que alguna vez la tuvo. Aprendí a entender el lenguaje de los hombres, y empecé a enterarme de lo que es la vida de una ciudad, aunque sea vista desde donde yo estaba. Desde mi posición, me fui dando cuenta de que no todos los que pasaban junto a mí eran iguales, ni hablaban la misma lengua. Los mejor vestidos, los más blancos de piel, hablaban una lengua dura, como los propios latigazos que daban a los otros, mientras que los de piel oscura, con ropas más viejas y rotas, hablaban lenguas que no llegué a comprender, pero que me resultaban mucho más suaves, más cercanas, que me recordaban los sonidos de mi lugar de origen.
Un temblor de tierra provocó una gran grieta en la pared de la que yo formaba parte. Los dueños de la casa la derribaron, y al rehacerla mi lugar fue ocupado por una ostentosa puerta de hierro. Yo quedé arrinconado, y varias veces estuve a punto de acabar en el fuego. Solo mi gran tamaño de entonces me salvó, mi destino no era ése todavía.
Un día, el hijo más joven de los dueños recorría el patio de la casa y se me quedó mirando. Se fue y volvió al poco rato con un par de criados, que me levantaron y me limpiaron. Debí de gustarle, y me dejó apartado. Dos días después, llegó un carpintero, al que el dueño dio las instrucciones necesarias, por las que yo pasé a formar parte de la chimenea del salón central de la casa. ¡Qué cambio de vida! Pasé a participar, desde mi nueva ubicación, en todos los momentos importantes de la familia y de sus amigos, que eran muy numerosos por lo que pude ver. Me gustaba sobre todo la compañía de la niña pequeña de la casa, que pasaba muchos ratos del invierno junto a mí. Fiestas, bailes, cenas... Todo lo importante sucedía en el salón. Muy especial fue la fiesta en la que los dueños celebraron lo que ellos llamaban el cambio de siglo. “¡Feliz mil ochocientos!”, repetían continuamente, mientras brindaban y se besaban unos a otros.
Pero no todo fue fiesta en el salón. También se empezó a hablar mucho de cambio; palabras como “revolución”, “independencia”, “lucha”, “campesinos”, “justicia” sonaron cada vez con más fuerza, y la familia se enzarzaba en fuertes discusiones, padres contra hijos, hermanos contra hermanos. No quiero extenderme en mi historia. Las disputas en la casa solo reflejaban lo que pasaba en la calle, y que acabó de forma violenta. La casa fue asaltada, expoliada, arrasada. Yo volví a ser arrancado, y acabé formando parte de un barco. Tras un tiempo de navegación, el barco no pudo resistir una gran tormenta, que lo desarboló y acabó con él. Desmembrado, los distintos elementos del mismo fuimos dispersados por las corrientes, permaneciendo en la superficie del mar durante un tiempo que sigo sin saber contar.
Y ahora estoy en tus manos, arrojado a la orilla de esta playa, nuevamente en un lugar que desconozco. Viéndome, es imposible saber lo que fui, lo que vi, donde estuve, pues no soy ni sombra de lo que llegué a ser en la selva, con mis hermanos; ni siquiera lo que fui durante los años que estuve en manos de los hombres. Solo lo que sufrí puede apreciarse, viendo mis heridas, los rastros que me dejaron las diferentes herramientas, los efectos que en mi cuerpo ha ido dejando mi larga deriva en el mar. Quizá acabe mis días en una hoguera de playa, siendo luz y calor, lo cual no estará tan mal, pues será como volver a mi origen, a la luz y calor que me rodearon.
Madrid, julio de 2010
jueves, 17 de junio de 2010
La Esquina (diario)
1-1-10. ¡Qué frío! ¡Vaya forma de empezar el año! Tengo los bloques más helados que si fueran de mármol. ¡Pero qué tonta soy, cómo voy a estar, si soy de granito! Es lo que tiene el ser la esquina de una casa. Pero cuidado, no soy una esquina cualquiera. Soy la esquina de Alcalá con la Puerta del Sol, en pleno centro de esta ciudad y de este país, para lo bueno y para lo malo. Junto al oso (o la osa, que no se ponen de acuerdo) y bajo la botella del cartel de Tío Pepe. Tengo hasta un cartelito de esos que dicen “aquí vivió tal y cual...” Y por si fuera poco el frío, llevo dos noches sin pegar ojo. No es que el barrio sea precisamente silencioso, pero es que entre el ensayo y la Nochevieja, le dan a una las tantas, con todo esto lleno de gente que grita, tira vasos, deja un rastro de basura... ¡si hasta me mearon encima, los guarros...! Bueno, a ver si me da un poquito el sol, y empiezo a entrar en calor...
3-1-10. ¡Vaya diferencia, de un día a otro! Después del follón de las noches pasadas, llevo un par de días de un tranquilo... Se ve que la gente está de resaca, y además sigue haciendo frío. Por mí, que siga así un tiempecito.
Ayer, como no había gente, puede charlar un rato largo con la esquina de Preciados, aunque no es precisamente mi mejor amiga. Es muy presumida, “que si hoy soy de hierro, que si mañana toda de cristal, que si tengo un escaparate nuevo...”, en fin, siempre tirándose el rollo. Nosotras, las esquinas de siempre, las de granito, nunca hemos querido seguir esas modas, que además te dejan el cuerpo hecho polvo, con tanto quita y pon. Para mí, donde esté un comercio fijo, de ésos que pasan de padres a hijos, que se quiten esas cadenas que van y vienen, esos negocios de un día. Una esquina amiga mía, de la calle Atocha, se durmió siendo una librería y cuando se despertó era un sex-shop. ¡Dios mío, que vergüenza pasó!
4-1-10. Después del fin de semana y la resaca, todo ha vuelto a ser normal. Claro que aquí lo normal es el frío, la gente, los que compran oro, los que persiguen bolsos ajenos... y luego los de siempre. Juliana, la de las chuches; Teodoro, que vive en y de los cartones, “técnico de reciclado”, dice él que es; Ernesto, el hombre anuncio, que cambió el sol del malecón por la Puerta del Sol... Buena gente, a la que la vida le ha dado muchos mordiscos y muy pocas caricias.
6-1-10. ¡Otro año más sin ver la cabalgata! Desde que pusieron la plaza patas arriba, el alcalde se llevó a los reyes magos. Y a nosotros, los que estamos siempre aquí, nos castiga año tras año sin ver las luces, las carrozas, los abuelos pegándose por un caramelo, los niños saludando a su rey... Ganas me dan de arrancarme de aquí y bajar a Cibeles, con mi amiga la ricachona, la del Banco de España. Este alcalde, cualquier día se lleva hasta las campanadas, con tal de hacerse notar.
8-1-10. ¡Las rebajas! Todo vuelve a empezar, o a repetirse... Las mismas carreras, los mismos reclamos, las mismas protestas... Mientras los de siempre siguen donde siempre. Menos Teodoro, que hace unos días que no aparece por aquí. Juliana empieza a estar preocupada, dice que no suele pasar tanto tiempo sin aparecer. Solo en una ocasión estuvo fuera un mes. Después volvió y contó que había estado con su familia, en un pueblo de Asturias (esto sorprendió mucho, nadie imaginaba que pudiera tener familia), pero que no podía con ellos, prefería vivir las inclemencias y riesgos de la calle antes que aguantarles. Juliana decía esta mañana que ojalá no le hubiera pasado nada, que estaba oyendo muchas noticias de ataques a mendigos ¿Qué pensarán esos... esos...? No tengo ni palabras para definirlos... ¿Qué pensarán, qué sentirán cuando pegan fuego a los cartones donde hay una persona durmiendo?
18-1-10. ¡Ha aparecido Teodoro! Juliana ya no sabía a quién preguntar, yo la veía muy angustiada, posiblemente se temía lo peor… Pero no, esta mañana apareció, y casi no le conocíamos. Se había afeitado, se había duchado, tenía ropa nueva… Ante la insistencia de Juliana, le ha contado el motivo de su ausencia. Resulta que tenía otro hermano en Madrid, con el que tampoco se hablaba. Hace poco se encontraron, hablaron y consiguieron reconciliarse. El hermano le ha convencido de que deje la calle, sin que tenga que "aguantar a la familia". Al parecer, Teodoro era un buen ebanista, sabía el oficio “como los de antes”, y va a volver a trabajar. Ha prometido a Juliana que vendrá a verla de vez en cuando, y que la invitará a su casa, cuando se instale.
5-2-10. Malas noticias. No podrían ser peores, al menos para mí. He oído que el alcalde, el faraón Gallardón (así le llama Ernesto, con la gran sonoridad de su acento cubano) piensa derribar este edificio. Al parecer, y después de lo que se ha gastado en Cibeles, quiere edificar aquí una “extensión del Ayuntamiento funcional y que mire al futuro, para estar más cerca de los ciudadanos” (para tocar las narices a Aguirre, la presidenta de la Comunidad Autónoma, dicen los que pasan por aquí comentándolo y señalándome). Mis días están contados. Adiós, bolita de las uvas. Adiós Juliana, adiós, Ernesto, adiós, Teodoro.
3-1-10. ¡Vaya diferencia, de un día a otro! Después del follón de las noches pasadas, llevo un par de días de un tranquilo... Se ve que la gente está de resaca, y además sigue haciendo frío. Por mí, que siga así un tiempecito.
Ayer, como no había gente, puede charlar un rato largo con la esquina de Preciados, aunque no es precisamente mi mejor amiga. Es muy presumida, “que si hoy soy de hierro, que si mañana toda de cristal, que si tengo un escaparate nuevo...”, en fin, siempre tirándose el rollo. Nosotras, las esquinas de siempre, las de granito, nunca hemos querido seguir esas modas, que además te dejan el cuerpo hecho polvo, con tanto quita y pon. Para mí, donde esté un comercio fijo, de ésos que pasan de padres a hijos, que se quiten esas cadenas que van y vienen, esos negocios de un día. Una esquina amiga mía, de la calle Atocha, se durmió siendo una librería y cuando se despertó era un sex-shop. ¡Dios mío, que vergüenza pasó!
4-1-10. Después del fin de semana y la resaca, todo ha vuelto a ser normal. Claro que aquí lo normal es el frío, la gente, los que compran oro, los que persiguen bolsos ajenos... y luego los de siempre. Juliana, la de las chuches; Teodoro, que vive en y de los cartones, “técnico de reciclado”, dice él que es; Ernesto, el hombre anuncio, que cambió el sol del malecón por la Puerta del Sol... Buena gente, a la que la vida le ha dado muchos mordiscos y muy pocas caricias.
6-1-10. ¡Otro año más sin ver la cabalgata! Desde que pusieron la plaza patas arriba, el alcalde se llevó a los reyes magos. Y a nosotros, los que estamos siempre aquí, nos castiga año tras año sin ver las luces, las carrozas, los abuelos pegándose por un caramelo, los niños saludando a su rey... Ganas me dan de arrancarme de aquí y bajar a Cibeles, con mi amiga la ricachona, la del Banco de España. Este alcalde, cualquier día se lleva hasta las campanadas, con tal de hacerse notar.
8-1-10. ¡Las rebajas! Todo vuelve a empezar, o a repetirse... Las mismas carreras, los mismos reclamos, las mismas protestas... Mientras los de siempre siguen donde siempre. Menos Teodoro, que hace unos días que no aparece por aquí. Juliana empieza a estar preocupada, dice que no suele pasar tanto tiempo sin aparecer. Solo en una ocasión estuvo fuera un mes. Después volvió y contó que había estado con su familia, en un pueblo de Asturias (esto sorprendió mucho, nadie imaginaba que pudiera tener familia), pero que no podía con ellos, prefería vivir las inclemencias y riesgos de la calle antes que aguantarles. Juliana decía esta mañana que ojalá no le hubiera pasado nada, que estaba oyendo muchas noticias de ataques a mendigos ¿Qué pensarán esos... esos...? No tengo ni palabras para definirlos... ¿Qué pensarán, qué sentirán cuando pegan fuego a los cartones donde hay una persona durmiendo?
18-1-10. ¡Ha aparecido Teodoro! Juliana ya no sabía a quién preguntar, yo la veía muy angustiada, posiblemente se temía lo peor… Pero no, esta mañana apareció, y casi no le conocíamos. Se había afeitado, se había duchado, tenía ropa nueva… Ante la insistencia de Juliana, le ha contado el motivo de su ausencia. Resulta que tenía otro hermano en Madrid, con el que tampoco se hablaba. Hace poco se encontraron, hablaron y consiguieron reconciliarse. El hermano le ha convencido de que deje la calle, sin que tenga que "aguantar a la familia". Al parecer, Teodoro era un buen ebanista, sabía el oficio “como los de antes”, y va a volver a trabajar. Ha prometido a Juliana que vendrá a verla de vez en cuando, y que la invitará a su casa, cuando se instale.
5-2-10. Malas noticias. No podrían ser peores, al menos para mí. He oído que el alcalde, el faraón Gallardón (así le llama Ernesto, con la gran sonoridad de su acento cubano) piensa derribar este edificio. Al parecer, y después de lo que se ha gastado en Cibeles, quiere edificar aquí una “extensión del Ayuntamiento funcional y que mire al futuro, para estar más cerca de los ciudadanos” (para tocar las narices a Aguirre, la presidenta de la Comunidad Autónoma, dicen los que pasan por aquí comentándolo y señalándome). Mis días están contados. Adiós, bolita de las uvas. Adiós Juliana, adiós, Ernesto, adiós, Teodoro.
El País, 14 de febrero de 2010. Madrid.“Al final, a pesar de la crisis, el Ayuntamiento ha empezado a demoler el edificio que hacía esquina entre Alcalá y la Puerta del Sol, para hacer una nueva sede complementaria de la que ya hay en Cibeles. Una niña, que pasaba por el cercano edificio de Presidencia durante el proceso de derribo, dijo a su madre “mamá, mira, esta casa está llorando…” Parece que, con motivo de estas obras de demolición, se han producido algunas grietas en el edificio en el que está el reloj de Nochevieja, y las vibraciones produjeron, además, alguna rotura en las viejas cañerías, lo que provocó manchas de humedad en la fachada. La presidenta, con un evidente enfado, ha declarado que…”
Madrid, 14 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
Abel Zorongo
“Abel Zorongo. Un hombre cabal. Tu familia y tus amigos siempre te llevaremos en el corazón. La Asociación de Maquetistas que tú fundaste también se siente huérfana. No te olvidaremos nunca”.
La lectura de esquelas es más habitual de lo que muchos podrían pensar. Abel la practicaba como un ritual diario, sobre todo desde que se había jubilado. Llegaba al bar y tenía ya su mesa y su café preparados, junto al periódico del día, que el camarero ya le reservaba. Esquelas, nacional, internacional, deportes… Pero esta esquela le había dejado pasmado. Hablaba de él. Es más, le hablaba a él: “Siempre te llevaremos en el corazón, no te olvidaremos…”. Él era Abel Zorongo, él había creado una asociación dedicada “…al fomento de los valores históricos y culturales de la construcción de maquetas…” como decía el 1º artículo de los estatutos que él había redactado, él tenía familia y amigos, y él estaba allí, con su café ya algo frío, con una esquela que le hablaba, con su esquela.
Se levantó de la mesa sin tocar el café y salió a la calle sin darse cuenta ni siquiera de pagar. El camarero no le vio marchar, atento a la ruidosa tarea de fregar platos y tazas de 1ª hora de la mañana.
Se encaminó hacia su casa, para llamar a su mujer y contarle lo que había visto, para pensar con ella en quién podría haber sido el gracioso gilipollas que había encargado la esquelita. Por el camino se iba haciendo mil preguntas, que otras veces ya se había planteado, pero nunca tan nítidamente. Si una persona está muerta, ¿por qué las esquelas se dirigen a ella? ¿Pensarán que el muerto va a comprar ese periódico, para leer lo que dicen de él? ¿Leerán los difuntos el periódico? Y su esquela, ¿cómo estaba allí?
¡Martínez! Claro, tenía que haber sido Martínez, no había otro tan payaso como él, con sus bromas continuas, y muchas veces pesadas. Como cuando cambió el pegamento de las maquetas por uno súper-rápido, y varios socios acabaron en el hospital con los dedos pegados, y el tío todavía se tiraba al suelo de risa en la sala de urgencias.
Martínez era un amigo y una persona algo peculiar, por decirlo educadamente. Era médico forense, “nunca me ha denunciado ningún paciente, ni se ha quejado por mis prácticas”, decía a menudo, y a menudo se le plantaba en casa, y empezaba a darles carrete a él y a su mujer. Su Julia. Su Julia, que estaba un poco rara desde que él se había jubilado; le estaba costando a ella más trabajo que a él adaptarse a la jubilación, eso de quedarse él en casa mientras ella se iba a trabajar… Claro, ella tenía 10 años menos, y esta situación era inevitable; pero la cosa es que Julia estaba rara, como huidiza, parecía que le miraba de forma extraña. Martínez la ponía nerviosa, con sus tonterías y chistecitos, su humor negro, comparando las maquetas con cadáveres, “si es igual”, decía, “poner piezas, quitar piezas, qué más da…”, sus bromas sobre la jubilación de Abel, sobre sus años…
Llegó a su portal y vio que había algo de jaleo. El portero que entraba de prisa, una ambulancia en la puerta, con las luces todavía funcionando… Entró en el ascensor para subir a su casa, pero los botones no respondían. "Otra vez averiado, menos mal que son solo tres pisos". Empezó a subir por la escalera, y al llegar al 2º piso vio y oyó el motivo del follón. Un vecino al que no conocía había tenido un accidente, la vecina hablaba con el portero y le explicaba que el marido había resbalado en la ducha, rompiéndose una pierna, y ella no podía ni moverlo, había tenido que llamar al Samur… Abel siguió subiendo, buscando ya las llaves de su casa. Pero no le hicieron falta. La puerta estaba abierta. Abel se asustó. Julia debía estar trabajando, él creía haber cerrado la puerta al salir. Empujó despacio, sin saber bien qué hacer. No se oían golpes, ni sonidos bruscos. Entró en el recibidor y le pareció oír la voz de Julia. Hablaba con alguien, con tono de preocupación. Abel avanzó despacio, lleno de dudas. Cuando Julia dejó de hablar, oyó otra voz. Debía estar equivocado, le pareció la voz de Martínez. Llegó a un punto del pasillo en el que podía oír la conversación. Se paró. Si, ahora era Martínez el que hablaba. “Tranquila, Julia, ya ha pasado lo peor. Están a punto de llegar los servicios funerarios. Recuerda, tienes que decir a todos que ayer por la tarde lo encontraste inmóvil, llamaste al médico y solo pudo certificar un infarto. Las pastillas que te conseguí no dejan huella. También me llamaste a mí, que para eso soy médico, y soy vuestro amigo más cercano. Después podremos, por fin, estar juntos sin su sombra, tan pesada desde que se jubiló. ¿Te imaginas la cara de Abel, si leyera la esquela que encargué?"
La lectura de esquelas es más habitual de lo que muchos podrían pensar. Abel la practicaba como un ritual diario, sobre todo desde que se había jubilado. Llegaba al bar y tenía ya su mesa y su café preparados, junto al periódico del día, que el camarero ya le reservaba. Esquelas, nacional, internacional, deportes… Pero esta esquela le había dejado pasmado. Hablaba de él. Es más, le hablaba a él: “Siempre te llevaremos en el corazón, no te olvidaremos…”. Él era Abel Zorongo, él había creado una asociación dedicada “…al fomento de los valores históricos y culturales de la construcción de maquetas…” como decía el 1º artículo de los estatutos que él había redactado, él tenía familia y amigos, y él estaba allí, con su café ya algo frío, con una esquela que le hablaba, con su esquela.
Se levantó de la mesa sin tocar el café y salió a la calle sin darse cuenta ni siquiera de pagar. El camarero no le vio marchar, atento a la ruidosa tarea de fregar platos y tazas de 1ª hora de la mañana.
Se encaminó hacia su casa, para llamar a su mujer y contarle lo que había visto, para pensar con ella en quién podría haber sido el gracioso gilipollas que había encargado la esquelita. Por el camino se iba haciendo mil preguntas, que otras veces ya se había planteado, pero nunca tan nítidamente. Si una persona está muerta, ¿por qué las esquelas se dirigen a ella? ¿Pensarán que el muerto va a comprar ese periódico, para leer lo que dicen de él? ¿Leerán los difuntos el periódico? Y su esquela, ¿cómo estaba allí?
¡Martínez! Claro, tenía que haber sido Martínez, no había otro tan payaso como él, con sus bromas continuas, y muchas veces pesadas. Como cuando cambió el pegamento de las maquetas por uno súper-rápido, y varios socios acabaron en el hospital con los dedos pegados, y el tío todavía se tiraba al suelo de risa en la sala de urgencias.
Martínez era un amigo y una persona algo peculiar, por decirlo educadamente. Era médico forense, “nunca me ha denunciado ningún paciente, ni se ha quejado por mis prácticas”, decía a menudo, y a menudo se le plantaba en casa, y empezaba a darles carrete a él y a su mujer. Su Julia. Su Julia, que estaba un poco rara desde que él se había jubilado; le estaba costando a ella más trabajo que a él adaptarse a la jubilación, eso de quedarse él en casa mientras ella se iba a trabajar… Claro, ella tenía 10 años menos, y esta situación era inevitable; pero la cosa es que Julia estaba rara, como huidiza, parecía que le miraba de forma extraña. Martínez la ponía nerviosa, con sus tonterías y chistecitos, su humor negro, comparando las maquetas con cadáveres, “si es igual”, decía, “poner piezas, quitar piezas, qué más da…”, sus bromas sobre la jubilación de Abel, sobre sus años…
Llegó a su portal y vio que había algo de jaleo. El portero que entraba de prisa, una ambulancia en la puerta, con las luces todavía funcionando… Entró en el ascensor para subir a su casa, pero los botones no respondían. "Otra vez averiado, menos mal que son solo tres pisos". Empezó a subir por la escalera, y al llegar al 2º piso vio y oyó el motivo del follón. Un vecino al que no conocía había tenido un accidente, la vecina hablaba con el portero y le explicaba que el marido había resbalado en la ducha, rompiéndose una pierna, y ella no podía ni moverlo, había tenido que llamar al Samur… Abel siguió subiendo, buscando ya las llaves de su casa. Pero no le hicieron falta. La puerta estaba abierta. Abel se asustó. Julia debía estar trabajando, él creía haber cerrado la puerta al salir. Empujó despacio, sin saber bien qué hacer. No se oían golpes, ni sonidos bruscos. Entró en el recibidor y le pareció oír la voz de Julia. Hablaba con alguien, con tono de preocupación. Abel avanzó despacio, lleno de dudas. Cuando Julia dejó de hablar, oyó otra voz. Debía estar equivocado, le pareció la voz de Martínez. Llegó a un punto del pasillo en el que podía oír la conversación. Se paró. Si, ahora era Martínez el que hablaba. “Tranquila, Julia, ya ha pasado lo peor. Están a punto de llegar los servicios funerarios. Recuerda, tienes que decir a todos que ayer por la tarde lo encontraste inmóvil, llamaste al médico y solo pudo certificar un infarto. Las pastillas que te conseguí no dejan huella. También me llamaste a mí, que para eso soy médico, y soy vuestro amigo más cercano. Después podremos, por fin, estar juntos sin su sombra, tan pesada desde que se jubiló. ¿Te imaginas la cara de Abel, si leyera la esquela que encargué?"
Suscribirse a:
Entradas (Atom)